
Reconocer el hospital de Clínicas no resulta difícil: el edificio de 17 pisos se impone entre los circundantes y logra llamar la atención de los transeúntes desde cuadras de distancia. Ocupa toda una manzana, entre las calles Uriburu, Córdoba, Azcuénaga y Paraguay de la Ciudad de Buenos Aires, y su gran estructura edilicia hace que uno levante la vista cada vez que pasa por allí. A pesar de que las letras que componen su nombre en el frente ya no brillan como antes (acordes al deterioro que el hospital fue sufriendo con el paso de los años) resultan claramente legibles. El hospital cuenta con varios accesos, pero los dos principales -sobre las calles Córdoba y Paraguay respectivamente- son transitados constantemente por cientos de personas cada día.
Como si todavía debiera cursar mis clases de Introducción a la Salud Pública y Estadística, ingreso por el subsuelo, como todos los estudiantes de las ciencias médicas de la Universidad de Buenos Aires. Al igual que cuando debía asistir a la cursada en el aula Posadas (ubicada en el primer piso del hospital) un oficial de seguridad me cierra el paso en la entrada. Recuerdo que la primera vez que me encontré con él (cuando comenzaba mis estudios y me sentía uno en un millón) debo confesar que me asusté y lo primero que me vino a la cabeza fue replantearme si verdaderamente estaba ingresando al hospital y no me había confundido de sitio, algo común siendo alumno ingresante de la facultad. Pero no, esa vez no me había equivocado y cumplí con el pedido del guardia: "por favor, abra su mochila". Me pareció absurdo que, siendo un simple estudiante (incluso si fuera paciente también), debía mostrar mis pertenencias para ingresar, pero como según me aclaró luego de que le preguntara, era "una medida obligatoria de la política interna del Clínicas". Los primeros días resultó ser algo bastante engorroso, pero a medida que pasó el tiempo el guardia que estuviera de turno ya me conocía la cara y me ahorraba dicho procedimiento.
La vida en el Clínicas
No fue fácil adaptarse a la vida del hospital, algo que ya me habían advertido de antemano. Resultó muy chocante pasar de estar en un aula de veinticinco metros cuadrados a transitar esos pasillos interminables, rodeados de centenares de personas, las cuales parecían estar en su mundo y pasar por al lado tuyo como si no existieras. A medida que se sucedían los días, fui aprendiendo los "códigos del Clínicas", como no usar nunca los baños del primer piso (en un estado de abandono total) o si contás con algo de tiempo siempre es recomendable usar la escalera antes que el ascensor.
La guardia del hospital está ubicada a unos metros de la entrada principal, siempre atestada de gente, que durante el día hace horas y horas de cola para tal vez nunca ser atendido. Bebés que no paran de llorar, niños aburridos que se dedican a correr por los pasillos para pasar el tiempo, personas mayores que "luchan" por conseguir un asiento o personas con alguna discapacidad física conviven a diario en este sector. Como los bancos nunca alcanzan, era común ver a gente sentada en el pasillo, obstruyendo el paso de las tantas camillas que salen a varios kilómetros por hora desde el sector "Urgencias". Eso quizás era lo peor de todo: tener que ver a pasar a médicos y enfermeros, escoltando una camilla con alguien convalenciente sobre ella, hacia algún quirófano o sector especial cercano, a toda velocidad y tratando lograr pasar entre tantos obstáculos.
Una voz autorizada
Alicia, una mujer que ronda los sesenta años de edad y que asistió siempre al Clínicas, regordeta y con el pelo atado, me abre con una sonrisa enorme las puertas de su departamento, a tan solo unas cuadras del hospital. Con un gesto me invita a pasar y en seguida puedo notar que es una gran anfitriona.
-Pasá, ponete cómodo. ¿Así que querés hablar del hospital escuela, no? Sentate que ahora te cuento-dice, mientras prepara mates.
Mientras comenzamos a hablar logro darme cuenta que no tiene problemas en expresar lo que piensa. Alicia recuerda con nostalgia lo que fue el Clínicas hace tantos años atrás, cuando brillaba en su época de apogeo. "Fui al hospital durante toda mi vida. Por una cuestión de cercanía más que nada, y porque todos sabíamos que tenía muy buenos médicos. Si te atendías ahí, era garantía de confianza", comenta.
El tiempo pasó, y nada volvió a ser igual. Alicia es uno de los tantos jubilados argentinos que luchan por una atención en la salud pública, reclamando constantemente ante una obra social que a veces parece no existir.
-¿Cuáles son los principales cambios que notás en el hospital?
Mi pregunta parece desatar una bomba y la señora mayor comienza a opinar con total sinceridad.
-Muchos, totalmente. Empezando con los ascensores, ¿a vos te parece que una persona como yo puede usar las escaleras? Antes entrabas y te decían "allá tenés los que van a los pisos pares, del otro lado los impares; esos son los del personal médico y aquellos los del público". Ahora si encontrás uno que ande tenés suerte, sino arreglatelas con subir esas escaleras. La suciedad también es algo notable, ¡es un hospital! Sin embargo ves por todos lados que está todo descuidado. Y yo me pregunto, ¿ a dónde va a parar la plata que recibe el hospital? Porque algo le tienen que dar, pero andá a saber qué hacen con esa plata.
La indignación sale a flor de piel, y entiendo totalmente a Alicia y a las tantas personas que conocieron el esplendor del hospital escuela y que ahora deben conformarse con lo que es en la actualidad. "Ni siquiera ahora están los mejores doctores, porque está claro que se van, no les conviene trabajar ahí. Conseguir un turno es una odisea, y que te atiendan es un golpe de suerte. En los años '60, '70 era totalmente distinto", agrega, resignada.
Me despido de Alicia, sin antes agradecerle por su tiempo y el recibimiento. Mientras camino las pocas cuadras de distancia entre su departamento y el hospital, pienso en que no exageró en todo lo que me contó. Basta tan sólo con hechar un vistazo a lo que fue y a lo que es ahora para comprender cuál es la realidad.
El deterioro deja heridas
Hace unas semanas atrás, la noticia de que un ascensor se había caído en el hospital de Clínicas "José de San Martín" circuló por los medios. De las doce personas que había en su interior, siete resultaron con heridas de gravedad. Según informó el personal del nosocomio, es el décimo accidente con ascensores en los últimos diez años, una estadística que asusta.
Las quejas de pacientes, médicos y estudiantes se multiplican por doquier, pero nunca encuentran respuesta. Parece ser que como es característico en Argentina, hay que esperar a que suceda una tragedia para que se empiece a actuar al respecto.
La institución que durante varias décadas fue modelo en toda América Latina, cuenta con 17 pisos, 23 ascensores, 23 quirófanos, 50 salas de internación, 3000 empleados, de los cuales 1000 son médicos realizando sus pasantías. Su construcción comenzó en 1879 y en 1884 se oficializó su traslado a la Universidad de Buenos Aires. En sus pabellones se logró la primera aplicación de insulina, la descripción de la enfermedad de Ayerza, el síndrome de Tobías, los síndromes de Castex, el primer cateterismo cardíaco y las primeras residencias médicas, las primeras punciones de riñón y las primeras toracotomías, entre otros grandes logros que parece que quedaron en un pasado muy lejano.
Del gran hospital que alguna vez fue, sólo funcionan 5 ascensores sin la debida habilitación, escaleras inutilizadas debido a la basura que hay desparramada allí y diversas goteras que las convierten en un arma mortal, 12 quirófanos. 23 salas de internación y un casi inexistente presupuesto para insumos. En algún momento en la historia de esta institución escuela, estaban disponibles entre 800 y 1000 camas, de las cuales sólo quedan 200.
Cuidado, riesgo de caída
A medida que se logra subir por las escaleras, se pueden encontrar pisos totalmente abandonados y a oscuras, basura acumulada (desde papeles hasta camillas destruidas), escombros e incluso graffitis. Los únicos carteles con indicaciones que se repiten, escritos a mano, rezan "cuidado, peligro de caída" en la mayoría de las barandas.
Macarena es una estudiante de medicina, de 22 años, que debe cursar varias materias dentro del hospital.
-A mi me da miedo venir sola, tengo clases en el quinto piso y nunca hay nadie. Siempre tratamos de venir en grupos, por si las dudas. Te podría estar pasando algo y nadie se entera- cuenta, mientras se alisa el ambo color blanco que lleva puesto. A pesar de tener cientos de quejas sobre el edificio, la joven estudiante admite que el hospital continúa siendo uno de los principales elegidos para hacer las residencias "porque a pesar de todo, sigue siendo el Clínicas", aclara, explicando que muchas veces desde el centro de estudiantes se trató de pensar medidas que ayuden al mantenimiento del hospital, pero que nunca se pudieron llevar a cabo. Como ella hay cientos de estudiantes más, de las diversas carreras correspondientes a las ciencies médicas de la UBA, que deben agruparse en aulas sin ventiladores ni calefacción, con capacidades mínimas y algunas hasta sin ventanas.
Laura es docente de la cátedra de Estadística para la carrera de Nutrición desde hace más de diez años. Su mirada es afectuosa, pero cuando habla impone autoridad. "Hace años que tengo que dar clases en el aula Posadas, que está toda recubierta de madera y no tiene salidas de emergencia ni ventanas. Siempre le digo a los alumnos que no tapen los pasillos porque si llega a ocurrir alguna desgracia, ese lugar es una trampa mortal", asegura la profesora, molesta e indignada. Reconoce que hace años que viene discutiendo por un cambio de aula con las autoridades del hospital, pero que siempre resultó en vano, "porque no hay más aulas disponibles, es lo que tenemos", agrega resignada.
Un médico, por favor
Para los cientos de doctores que realizan su labor en el hospital, resultan ya normales las condiciones edilicias y materiales con las que trabajan día a día. A pesar de que muchas veces deben luchar por situaciones que consideran límite, piensan que ya forma parte de la institución. Maximiliano, médico residente en pediatría, es uno de ellos y reconoce que la situación cada vez se torna más difícil. "Hoy en día resulta un poco imposible poder trabajar tranquilo. Faltan doctores, enfermeros, y el hospital colapsa. Las condiciones higiénicas no son las adecuadas. Y ni hablar de los sueldos, eso es un tema aparte", cuenta el joven profesional, hablando sobre algo que ya no resulta novedoso. "Muchas veces pienso que podría estar trabajando en otro lado, pero al mismo tiempo aparecen en mi cabeza todas las personas que vienen a tratarse acá y que tienen derecho a ser atentidos, pese a todo", reconoce. Sin embargo, en algunas ocasiones, el personal realiza cese de actividades como forma de protesta ante las malas condiciones de trabajo, lo que genera otra situación con la que tiene que lidiar el público que concurre al Clínicas.
Una mirada al futuro
Pensar hoy en una solución a corto plazo para el hospital resulta una utopía. Son tantas las cosas que se necesitan mejorar que llevaría mucho tiempo tratarlas a todas, sobre todo si todavía no se ha emprendido la tarea, ni siquiera tomado conciencia por parte de las autoridades. Los cambios tan bruscos no se suceden de un día para el otro, y hace años que el Clínicas permanece en este estado.
Resulta primordial una atención y protección de los responsables ya que es de vital importancia para la salud púlica, pues no sólo se presta atención médica sino que es el lugar de formación para los futuros sanitaristas argentinos.
Mientras tanto, el hospital seguirá su curso como hasta ahora, avanzando hasta donde sea posible. Una buena iniciativa, sería dar el primer paso juntos, tomando el respeto y la predisposición como los pilares ideales para la construcción de un nuevo y mejor hospital para todos.